Isidro J. Toro Moyano (*)

30/05/2019
La pérdida de valores cívicos es la más atroz manifestación del triunfo de la ideología neoliberal, que se ha impuesto mediante un férreo control de los mass-media impresos, digitales y audiovisuales. La posverdad como discurso en lo ideológico y el trumpismo en lo político son las más actuales y depuradas manifestaciones de este fenómeno.
Los históricos y paradigmáticos valores cívicos heredados de le Revolución Francesa, reforzados y expandidos con la emergencia y pujanza del movimiento obrero a lo largo de los dos últimos siglos, Democracia, Libertad, Fraternidad, Igualdad, y su manifestación política en el Estado democrático de Derecho, el Estado del Bienestar y la República como fórmula de gobierno, han sido atacados, recortados y desdibujados hasta límites intolerables.
Les sustituyen la pérdida de derechos y libertades, la insolidaridad cívica, social y territorial, el racismo, la xenofobia, el fanatismo religioso, el consumismo desaforado que pone en riesgo la conservación del medio ambiente, la corrupción, por citar algunos de una larga y penosa lista.
En este contexto, la lucha por la República y la defensa de los valores republicanos, son los únicos instrumentos validos del sistema democrático para contener el tsunami autoritario que amenaza con destruir los pilares de los Estados de Derecho y del Bienestar.
República, del latín rēs pūblica, cosa pública, lo público, el poder al servicio de la comunidad, al servicio del bien común, es la forma de gobierno que se constituye en oposición a la Monarquía, del griego mónos, que significa uno y arquia que significa gobierno, el gobierno de uno solo.
Desde los orígenes, los filósofos buscaron la fórmula de gobierno que facilitara la convivencia de las personas y la obtención de la felicidad. Para Aristóteles el gobierno debía gobernar en el sentido del interés de la mayoría, del bien común. Para Cicerón solo una buena República haría posible el alcance de la felicidad y la vida en paz. La República tenía que intentar satisfacer las necesidades primarias de las personas como alimentación, trabajo, salud, educación o vivienda.
Siglos después, cristalizada la sociedad de clases y tras siglos de crueles monarquías autoritarias, basadas en la herencia, el derecho divino y el vasallaje, durante la Ilustración, el valor de la Democracia renace pujante sustentado sobre la soberanía popular. Los ciudadanos, que no vasallos, como hombre y mujeres libres, desarrollarían las medidas necesarias para satisfacer sus necesidades primarias y, además, participarían en la elaboración y aplicación de las leyes que regirían su convivencia. Así la Democracia se une al Estado de Derecho y al Estado del Bienestar de la forma más pura y eficaz, complementada con la República como forma de gobierno.
De acuerdo con Habermas, la República no puede sustentar sus raíces sobre fundamentos político-culturales excluyentes basados en la sangre, la lengua y el territorio, si no en su componente democrático integrador.
Filosófica, ética y moralmente, los valores republicanos son implícitamente justos.
Libertad, Igualdad y Fraternidad son los tres valores republicanos por excelencia. De entre ellos, la Libertad es el valor fundamental, entendida como ausencia de dominación y explotación y capacidad de ser dueños de nuestro propio destino. Auxiliar a este primer valor, está la Igualdad, entendida como la garantía del disfrute de los mismos derechos, económicos, políticos y asistenciales, con independencia de origen, género, raza o creencias. Y, en tercer lugar, la Fraternidad, entendida como la relación justa, generosa y empática entre las gentes, sociedades y pueblos diferentes, basada en el principio de a cada cual según sus necesidades. 
Otros valores republicanos importantes son el laicismo, con su ética laica, basada en la libertad de conciencia fundamentada en la Ciencia y la Razón frente a la tradición y los dogmas. La austeridad, la responsabilidad y la ejemplaridad, en lo público y en lo privado, con la verdad como principio rector inquebrantable, alejadas del consumismo desenfrenado, defendiendo lo ecológico y lo sostenible. La solidaridad y la tolerancia, auxiliares de la igualdad y la fraternidad, con el diferente y con el inmigrante, reconociendo la multietnicidad y multiculturalidad que hoy definen a nuestras ciudades y pueblos como un valor positivo y no una lacra. Todos enmarcados en la defensa inquebrantable de lo público y del bien común.
La defensa y difusión de estos valores es una urgente y necesaria tarea en estos oscuros tiempos, con independencia de la consecución en un futuro más o menos lejano de la instauración de la República, a cuyo advenimiento coadyuvará la general asunción de los mismos por el cuerpo social.
(*) El autor, Isidro Jorge Toro Moyano, doctor en Historia y conservador de museos, es vocal de la Ejecutiva de la asociación ciudadana Granada Republicana UCAR.
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