Ana Maeso Broncano (*)

¿Cómo sería nuestra realidad actual si la II República hubiese continuado hasta nuestros días? ¿Si la Guerra Civil y, por ende, los años de dictadura, se hubiesen borrado de nuestra historia? Todas quienes compartimos los valores republicanos, y me aventuraría a decir, todas las personas demócratas, hemos jugado alguna vez a practicar ese ejercicio de ficción utópica: imaginar cómo sería nuestro presente si no hubiésemos atravesado cuarenta años de oscurantismo y otros cuarenta arrastrando secuelas de aquellos anteriores. 
Imaginar las posibilidades de los mundos puede llegar a ser realmente estimulante, especialmente cuando la potencialidad de lo que podría haber sido es tan distinto de lo que ha resultado ser. Es, en ese sentido, la educación la que dibuja futuros distintos. La que abre ventanas, ventila los vestigios vetustos de lo que fue y se abre a lo que crece.
Si bien la escuela pública vive su nacimiento en España en 1857 con la Ley de Instrucción Pública, será a partir de 1931 con la proclamación de la II República, cuando la educación experimente toda una transformación radical. En una España de una mentalidad anclada aún en ideas conservadoras y una fuerte tradición católica, con más del 50% de población analfabeta, con docentes e investigadores en una devaluada posición social, sin infraestructuras ni recursos dedicados a la educación, sería diseñado un ambicioso plan de potencia de la cultura y la educación, entendiendo estas como motor de cambio político y social.
Comienza a gestarse un modelo de enseñanza influido por los mimbres del pensamiento ilustrado, que, apoyándose en ideas krausistas y regeneracionistas, respiraba aires de modernidad. De la influencia de la Institución Libre de Enseñanza se desarrollarían iniciativas vanguardistas como la Residencia de Estudiantes, la Residencia de Señoritas, el Museo Pedagógico o las Misiones Pedagógicas, entre otras. Sería fundamental la creación de infraestructuras como bibliotecas, centros culturales, nuevas escuelas de arte y asociaciones artísticas. En una España eminentemente rural, una de las misiones de la República fue llevar la cultura a pueblos y aldeas: obras de teatro, proyecciones cinematográficas, bibliotecas y exposiciones artísticas que deslumbraban a quienes jamás habían tenido acceso a la cultura.
Las aulas de la República
Una de las primeras iniciativas fue la de dignificación social de la profesión del magisterio: se incrementaron sus salarios, indignos hasta entonces, y se mejoró notablemente su formación: los estudios de magisterio pasaron a ser estudios universitarios. Las escuelas se multiplicaron en número por todo el país, y en sus aulas, cayeron por fin, metafórica y literalmente, los muros que separaban en las clases a niños y niñas. En ellas, las maestras republicanas, tomarían un papel fundamental como modelo de mujeres libres, autónomas, que con valentía llevarían a cabo su profesión en ambientes en ocasiones hostiles.
«Tenemos el deber de llevar a las escuelas las ideas esenciales en que se apoya la República: libertad, autonomía, solidaridad, civilidad» (Revista de Pedagogía, 1931) [1] 
A nivel pedagógico, en las escuelas se despliegan distintos enfoques de pedagogías activas, situando al niño como protagonista y centrándose en su educación integral. Estarían presentes en estos enfoques: la unión de lo intelectual y lo emocional, la creatividad, el pensamiento crítico, el desarrollo de la intuición, el aprendizaje desde el entusiasmo, la conexión de los contenidos con la realidad o los valores sociales como la paz y la ciudadanía. Se potenciarían las artes y el ejercicio físico y niños y niñas saldrían de las aulas, realizando excursiones. Se llegarían incluso a introducir el Método Montessori o la pedagogía de Freinet, las tesis de Froebel o Pestalozzi (las teorías educativas más innovadoras). Se vive una época de verdadero entusiasmo por una escuela abierta a todos: pública, laica, gratuita, democrática y con la solidaridad como principio.
«Educar antes que instruir; hacer del niño, en vez de un almacén, un campo cultivable» 
(M. B. Cossío) [2] 
Resulta muy ilustrativo que una de las frases que zanjó aquella ilusionante etapa fuese aquel “Muera la inteligencia” [3], pronunciada mientras se llevaba a cabo la denominada “Depuración del Magisterio”, donde maestras y maestros serían apartados forzosamente de su profesión, muchos de ellos enjuiciados y hasta encarcelados o fusilados. La educación volvió a las manos de la iglesia católica, se suprimió la coeducación y el bilingüismo, las aulas volvieron a separar a niños y niñas, y se cambió el ideario republicano por la iconografía militar franquista, heredera de la visión de la España del Imperio. La utopía de una España que anduviese a la par de las democracias más avanzadas de Europa dejó paso a los grises años de “la letra con sangre entra”.
Imaginar qué hubiese sido de un pueblo donde tres generaciones hubieran sido educadas en el respeto, en la atención y el fortalecimiento de sus potencialidades, en el desarrollo de su creatividad, de la curiosidad por el mundo y en valores como la libertad, democracia y solidaridad puede ser, en días como hoy, un ejercicio agridulce. No obstante, más que nunca, resulta fundamental para no perder el horizonte de una sociedad más justa, que, como desde tiempos inmemoriales, nace en la escuela.
(*) Ana Maeso Broncano, profesora de Educación Artística en la Universidad de Almería, está afiliada a la asociación Granada Republicana UCAR.

[1] En la novela Historia de una maestra (2015), de Josefina Aldecoa, se recoge la publicación de este mensaje en la Revista de Pedagogía (1931).


[2] Manuel Bartolomé Cossío en el Boletín de la Institución Libre de Enseñanza (ILE) nº 65 (31 de octubre de 1879), citado por Antonio Jiménez Landi en La Institución Libre de Enseñanza y su ambiente: Periodo parauniversitario (1996).


[3] Recientemente el historiador Severiano Delgado ha puesto en duda la veracidad de esta cita atribuida, como es célebre, al general franquista Millán Astray. No obstante, la frase que sustituye a esta, según la reconstrucción de los hechos, sería similar en significado: “Muera la intelectualidad”.

https://www.elindependientedegranada.es/politica/lo-que-fue-pudo-haber-sido-educacion-como-motor-social-sociedad-republicana

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