Antonio Caro*
26/06/2013
Bajo el torbellino de noticias que atosiga la actualidad política española, comienza a siluetearse un conflicto de amplio calado entre dos modos de entender la democracia: la ‘democracia-ficción’ instaurada con ocasión de la Operación Transición y la ‘nueva democracia’ que está surgiendo entre el fragor de las mareas ciudadanas y la apatía de una ciudadanía que aprecia con creciente hastío cómo la primera se anega entre los escándalos de corrupción y la inacción de los partidos tradicionales.
La primera es una democracia caduca que tiene probablemente los días contados. La segunda es una democracia emergente, cuyos estertores de parto se advierten en los voceríos de las plazas que ocupan los ‘indignados’. Y en la extensión de esta última categoría que presagia la constitución como ‘clase para sí’ de los componentes de esas mareas que hoy confluyen en el gran movimiento ciudadano. El pánico que dicha emergencia provoca entre los integrantes de la primera forma de democracia se mide en su insistencia en que los miembros más significativos de la segunda se integren entre sus filas. Y ello partiendo de su convicción de que tal integración equivaldría a su disolución. Exactamente igual que los partidos “reformistas” o incluso “revolucionarios” del arco parlamentario se han ido integrando en los moldes de aquella democracia-ficción, a veces pese a los buenos deseos de tantos militantes honestos.
Pero esa integración no va a ser sencillamente posible. La sociedad española, a través de todos sus estamentos, está acumulando tantos desengaños frente a la clase política representante de aquella democracia-ficción que cualquier intento en ese sentido está condenado de antemano. Los más ingenuos o los más avispados de esa clase política desprestigiada confían en que, cuando llegue el próximo ‘clima electoral’, las aguas volverán a su cauce. Aun­que no hay que descartar de entrada ninguna eventualidad, todo parece indicar que ya ha llegado demasiada sangre al río y que el desprestigio de las instituciones seguirá avanzando, al menos hasta que una mejora económica de algún tipo consiga paliar, y con ello disimular, la crisis sistémica que estamos viviendo.

Provocar el parto

Frente a esa eventualidad, hay que pisar el acelerador, utilizando si es preciso el fórceps, para alumbrar esa nueva forma de entender la democracia que está emergiendo ante nuestros ojos. Que nadie piense que esta va a brotar ensamblada de una vez por todas, como una Venus surgiendo de las olas. Antes al contrario, habrá que provocarla a fuerza de avances y retrocesos. Habrá que ir perfilándola con la contribución de todos, exactamente igual que un pintor va dando forma al cuadro corrección tras corrección, pincelada tras pincelada.
Pero el conflicto entre estos dos modos de entender la democracia es ineludible. En su base está el hecho de que la democracia-ficción se halla al servicio de la ínfima minoría que maneja desde la sombra las finanzas mundiales y que constituye hoy la verdadera clase dominante. Y ésta es la razón de fondo de que el resto, que somos casi todos, estemos propiciando, sin ser conscientes de ello tal vez, otra forma de entender y practicar la democracia. 
* Antonio Caro Amela es creativo publicitario y profesor jubilado de Ciencias de la Información en la Universidad Complutense de Madrid.
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